martes, 27 de enero de 2015

¿Por qué la mayor parte de la gente que te rodea se muestra tan reacia a pensar que la conspiración sea una práctica habitual del Poder?

“De este modo, el instinto de causalidad está condicionado y es excitado por el sentimiento de miedo. La pregunta relativa a la causa no debe dar como respuesta, en la medida de lo posible, una causa cualquiera, sino un determinado tipo de causa: una causa que tranquilice, que libere y que alivie”. (Friedrich Nietzsche, El ocaso de los ídolos, Los cuatro grandes errores, V)

“Las masas no tienen jamás sed de verdades. Ante las evidencias que las desagradan, se apartan, prefiriendo divinizar el error, si el error las seduce. Quien sabe ilusionarlas se convierte fácilmente en su amo; el que intenta desilusionarlas es siempre su víctima”. (Gustave Le Bon, Psicología de las masas, segunda parte, cap. II, 2)

“Los hombres son tan simples y están sujetos de tal modo a las necesidades del momento, que quien quiera engañar siempre encontrará a alguien que quiera ser engañado”. (Maquiavelo, El príncipe)

“Percatarse de todo esto y abandonar la adulación y el embellecimiento del pueblo es una primera exigencia para cualquier aproximación válida a las cuestiones sociales”. (Wilhelm Reich, El asesinato de Cristo, Cap. 7)

Seguro que más de una vez te habrás preguntado: ¿cómo es posible que después de que hayan aparecido tantas pruebas y evidencias que demuestran la participación de los servicios secretos del Imperio en la planificación y ejecución del 11-S, la mayor parte de las personas que conoces se sigan tragando a pies juntillas la versión oficial de los hechos? ¿Cómo es posible que tengan el sentido común tan atrofiado para no cuestionarse acontecimientos que han llegado a tener consecuencias tan beneficiosas para el propio Poder? ¿Son incapaces de ver, o es que, sencillamente, no quieren ver?

Gracias al triunfo del sistema de valores capitalista, la inmensa mayoría de las personas que te rodean se han corrompido y degradado hasta tal punto, que son incapaces de ver a los otros de otra manera que no sea como objetos de los que poder extraer algún tipo de beneficio personal. Cuestionarse, rechazar o enfrentarse a un sistema que les facilita esta posibilidad, es algo que no entra dentro de sus planes, y mucho menos, tener como aliado a alguien como tú, que les recuerda su miseria y falta de escrúpulos por haber cimentado su proyecto vital (del que tan orgullosos se sienten) sobre un sistema tan depravado y perverso como éste.

Ellos no te creen porque no tengas pruebas suficientes o porque tus argumentos sean inconsistentes, sino porque ignorándote, tranquilizan su conciencia. Creerte supondría para ellos empezar a cuestionarse el castillo de arena que tantos años y esfuerzos les ha costado levantar y en el que tan confortables se sienten, con sus 500 canales de televisión, su internet sin límites y sus smartphones con mensajería instantánea.

Por mucho que te esfuerces, y por más pruebas que les des de la participación del Imperio en la demolición controlada de las torres gemelas, de los intereses de la farmafia en que cuestiones como el SIDA o el Ébola se prolonguen en el tiempo, o de que partidos políticos como Podemos sean una creación del propio sistema de dominación para darse un lavado de imagen, no conseguirás convencerles de nada, lo único que obtendrás será desprecio por su parte (aunque, que personas así te desprecien, es algo que no debería importarte demasiado).

La cosa es muy sencilla: debes empezar a comprender que ellos carecen del valor y de la dignidad que a ti te sobran. En el fondo, no existe tanta diferencia entre la gente que no se cree la versión oficial del 11-S y la que decide no tener conexión a Internet en su casa, no ver la programación televisiva, no participar en botellones o no entregar los mejores años de su vida a trabajos alienantes y embrutecedores; se trata de gente que ha decidido no participar (en la medida de sus posibilidades) en la depravación y corrupción generalizadas.

Por lo que no te desesperes más. Mientras quienes te rodean no decidan dejar de participar tan activamente en el sistema (o al menos reducir su grado de implicación en el mismo) como lo habían venido haciendo hasta ahora, no esperes convencerles de nada. Nunca cuestionarán algo en lo que tan implicados se encuentran.

En cualquier caso, tu labor nunca habrá sido en vano; muy por el contrario, habrá contribuido enormemente a que aún siga brillando la luz en este negro océano de miseria, una luz que a muchos nos dice que no estamos solos. Además, no deja de ser un método tremendamente efectivo de autoprotección, pues te permite saber, de forma rápida y eficaz, que gente te puede interesar y de que gente deberías alejarte como si de la misma peste se tratase.

3 comentarios:

  1. En mi opinión la inmensa mayoría de la sociedad prefiere vivir en la servidumbre porque el Poder - de una élite- le proporciona la seguridad de su supervivencia, el instinto de libertad es remplazado por el de conservación. Por ese motivo prefiere en muchas ocasiones la mentira antes que la verdad debido a los auto-engaños que previamente han interiorizado a veces sin necesidad de agentes externos y otras con la ayuda del adoctrinamiento de éstos.

    La aceptación y el consentimiento del funcionamiento del sistema por parte de la sociedad también se debe en gran medida al super-Ego que constituye el carácter del individuo, que no es otra cosa que la consecución del poder en las relaciones sociales, es decir, se impone la voluntad de poder en el individuo para de esta forma someter al prójimo, a su voluntad, de esta manera su perpetua el sistema de dominación de unos sobre otros, lo que no deja de ser una lucha por el poder, o una guerra de todos contra todos que es en última instancia gestionada por la élite de Poder, o por las instituciones que rigen como las del Estado, como la policía y el ejército.

    Por otro lado el consenso social en general, acaba conformando las directrices del sistema y su funcionamiento es una consecuencia del acatamiento u obediencia en este caso consciente y voluntario - en el que vivimos - de las normas de conducta que rigen la sociedad, ya que sin ellas, el sistema se desmoronaría y no tendría razón de ser.

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  2. Por otro lado, la creencia o la sumisión a una Autoridad - en último caso representada por el Estado y los mass-media - sea del tipo que sea, deriva en el consentimiento y perpetuación del sistema en el que vivimos, ya que implica por un lado la obediencia y por otro lado la sinrazón o la no reflexión de los hechos que acontecen en nuestras vidas y que nos afectan en mayor o menor medida, pero que irremediablemente acaban por modificar nuestro pensamiento y finalmente la conducta.

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  3. Este miedo a la libertad y a todo lo conlleva -como ser lo suficientemente responsable para hacer un buen uso de ella-, no es otra cosa, que el miedo a los propios instintos del ser humano, que son reprimidos en última instancia por las normas de conducta social preestablecidas entre otras por las instituciones como las del Estado, entre otras la escuela o por otro lado, la familia,(que no deja de ser una consecuencia del Estado en general) etc. de este modo se socializa al individuo y se consigue civilizarlo en mayor o menor medida. La civilización no es otra cosa que la represión en mayor o menor medida también de los instintos, ahora bien, algunos de estos como el sexo, la violencia, la voluntad de poder, tienen que ser administrados por una institución que garantice el orden en la comunidad, de este modo el Estado adquiere la función principal de gestor de los instintos humanos y los adecua al funcionamiento de una sociedad en concreto en base al carácter de las gran mayoría de los miembros que la integran.

    Vemos que las élites de poder que dirigen el Estado asimilan a la sociedad que gobiernan y se funden en un todo, por lo tanto adquiere una totalidad en cuanto a ente, de aquí que la definición de Estado sea ambigua y no acabe de aclararse del todo correctamente.

    De todos modos la gestión de las emociones, instintos, o pensamientos del individuo no debería aceptarse siempre como algo sagrado, de una Autoridad que se supone infalible y por muy competente que sea o pudiera ser, y que lo acaba sometiendo a sus designios.

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