martes, 17 de febrero de 2015

La entrada de España en la OTAN o el triunfo del 23-F

 
Hacia finales de los años 70 y principios de los 80 del pasado siglo, Estados Unidos observaba con cierta preocupación la tibia actitud del gobierno español, presidido por Adolfo Suárez, respecto a la incorporación de España en la Alianza Atlántica (OTAN) como un miembro más. El propio Suárez había manifestado en varias ocasiones, públicamente, sus intenciones de no tomar partido por ninguno de los dos bloques en conflicto y de incorporarse, llegado el caso, en el eje de los países no alineados (entre los que se encontraban Cuba, Yugoslavia, Vietnam o Corea del Norte). Para los Estados Unidos esta posición de neutralidad política era casi como una declaración de guerra, no sólo por su acercamiento a países de ideología socialista, sino, principalmente, porque les impedía utilizar con total libertad, en plena Guerra Fría contra los soviéticos, un territorio geoestratégico clave como era España, a la que ya consideraban casi como una colonia.

El acercamiento del presidente italiano Aldo Moro (democratacristiano) a los comunistas del PCI (Partido Comunista Italiano) con el fin de formar gobierno, fue una situación que llegó a poner en peligro la continuidad de las bases militares norteamericanas en Italia, una situación que Estados Unidos no estaba dispuesto a volver a correr en el caso de España. Necesitaban encontrar el modo de que España se dejara de tibiezas y se implicara decididamente, y de una vez por todas, en el bloque atlantista.

La entrada de España en la OTAN y, por consiguiente, la participación activa en la Guerra Fría, era también un deseo compartido por una buena parte de la cúpula militar española, conscientes de la importante oportunidad económica que ello supondría; no sólo porque tendría como resultado un considerable aumento de los presupuestos públicos destinados al ejército, sino, especialmente, por las jugosas ayudas internacionales que empezarían a fluir (principalmente, vía Estados Unidos) para la “modernización” del ejército.

Con tales propósitos en mente, los servicios secretos estadounidenses y parte del ejército español empezaron a barajar varias posibilidades, entre ellas, la de un golpe de Estado que forzase la entrada inmediata de España en la OTAN. En tales circunstancias no es de extrañar que Estados Unidos nombrase como embajador al ultraderechista Terence Todman, que ya había desempeñado un importante papel en los golpes de Estado de Pinochet en Chile y de Videla en Argentina.

La CIA nunca ocultó sus intenciones golpistas, una buena prueba de ello la podemos encontrar en la revista Transnational Security, una publicación de la época elaborada por la propia Agencia y distribuida, según palabras de la publicación, entre “dirigentes políticos cuidadosamente seleccionados, y a altos ejecutivos (…) que son conscientes de resistir la permanente amenaza soviética” (página 207, Calderón y Ruiz). Según una investigación del CESID (organismo español dependiente del Ministerio de Defensa, ocupado en labores de información y espionaje), el objetivo de Transnational Security era el de “crear la imagen, en esos momentos delicados por los que atravesaba España, de que el Centro (opción política a la que pertenecía el presidente Adolfo Suárez) estaba dominada por un grupo progresista, (…) que pretendía facilitar la conquista de España por el comunismo internacional” (página 207, Calderón y Ruiz). Washington era consciente de lo lejos que ideológicamente estaba Adolfo Suárez del comunismo internacional, pero vincularle con éste, en plenos tiempos de paranoia antisoviética, era una estrategia muy útil para demonizar a un gobierno que no se terminaba de plegar a sus intereses. Fue concretamente en el número de febrero de 1981 de Transnational Security (justo antes del golpe de Estado), donde, tras realizar un extremadamente alarmista análisis de la situación política y económica de España, haciendo especial hincapié en la amenaza que constituía el terrorismo de corte marxista-leninista, se propone abiertamente y sin rubor alguno la solución “a la turca”, en referencia al golpe de Estado de Turquía. Precisamente, en el golpe de Estado turco, la OTAN y los servicios secretos estadounidenses desempeñaron también un papel crucial según las recientes investigaciones del catedrático de historia en la Universidad de Basilea (1), Daniele Ganser (Los ejércitos secretos de la OTAN. La operación Gladio y el terrorismo en la Europa occidental).

Brian Crozier, responsable de la publicación Transnational Security y destacado colaborador de la CIA y de otros servicios secretos occidentales como el alemán, el suizo, el francés o el inglés (según señaló la prestigiosa publicación Der Spiegel, en su número del 18 de septiembre de 1982) mantuvo, con anterioridad al 23-F, conversaciones en Madrid con destacados militares y civiles de mentalidad profundamente reaccionaria, en las que con toda probabilidad les expresaría las “preocupaciones” ya expuestas en su publicación, así como lo mucho que Washington les agradecería poner fin a tales inquietudes lo antes posible.

Tras el 23-F, Transnational Security realizaba una valoración muy positiva de todo lo sucedido aquel día, dejando un aviso muy claro para quien no se hubiera enterado aún de qué iba el asunto:

“La demostración de fuerza efectuada por la Guardia Civil en Madrid y por las fuerzas locales en Valencia, el 23 de febrero, no puede ser ninguna sorpresa para los lectores de nuestro último artículo. Debe ser, sin embargo, considerada más como una dramática protesta contra la incapacidad del gobierno que como un golpe de Estado fallido. Aunque el rey Juan Carlos actuando rectamente se disoció del mismo, puede aún considerarlo para usar la fuerza por sí mismo” (página. 209, Calderón y Ruiz).

En otras palabras, si España vuelve a tener otra vez deseos de actuar al margen de los intereses norteamericanos, ya sabe lo que le espera.

El hecho de que Adolfo Suárez dimitiera pocos días antes del 23-F, en enero de 1981, y su actitud de absoluta tranquilidad durante la “representación”  de Tejero en el Congreso de los Diputados me lleva a pensar que es muy probable que él mismo estuviera enterado, con antelación, de todo lo que iba a suceder. Es posible, incluso, que con anterioridad al golpe se hubiera tratado de llegar a algún tipo de acuerdo con él que éste no habría aceptado, y, convencido de la imposibilidad de hacer nada por cambiar el rumbo de los acontecimientos (al observar una correlación de fuerzas totalmente desfavorable a sus intereses), decidiera retirarse de forma voluntaria dejando el problema en manos de su sucesor, el que hasta entonces había sido el vicepresidente de su gobierno, Leopoldo Calvo-Sotelo.

La única razón por la que el golpe de Estado no fue a más (disolución del gobierno Suárez y creación de uno nuevo provisional) la encontramos al analizar lo sucedido dos días después del 23-F.

El 25 de febrero de 1981, Leopoldo Calvo-Sotelo, en su discurso de investidura como nuevo presidente del gobierno, inicia el proceso de incorporación a la Alianza Atlántica, al incluir el ingreso de España en la OTAN en su programa de gobierno. Por fin, el hijo prodigo volvía a someterse a la tutela paterna. A partir de entonces, los medios de comunicación y la mayoría de las grandes fuerzas políticas emprendieron una demagógica campaña propagandística basada en la idea de que la entrada del ejército español en la OTAN supondría el final de la tradición golpista en nuestra historia. Una idea que pasaba por alto no sólo la activa participación de los Estados Unidos en el reciente golpe, sino también la propuesta realizada meses antes por Suárez y Gutiérrez Meyado, la Reforma Militar; una propuesta mucho más racional y lógica para frenar futuras amenazas golpistas, pero con la que probablemente Suárez terminó por granjearse la animadversión de los altos mandos militares, que veían en la OTAN un aliado mucho más fiable para la defensa de sus intereses.

Si analizamos el 23-F simplemente como el intento de un grupo de militares reaccionarios por hacerse con el Poder, podríamos concluir que el golpe de Estado fue un fracaso; pero si lo analizamos como una estrategia planificada por la cúpula militar española y los servicios secretos de los Estados Unidos, destinada a forzar la entrada de España en la OTAN, el 23-F fue todo un éxito.

El 30 de mayo de 1982 el sueño de Washington se hacía realidad y España se convertía en el mimbro número 16 de la Alianza Atlántica. Una integración que se vería reforzada gracias a la gestión realizada por el PSOE de Felipe González tras ganar las elecciones en octubre de 1982, quien antes de llegar al gobierno se oponía a la pertenencia de España a la OTAN, y tras la victoria electoral hizo todo lo posible por consolidar dicha integración.

Bibliografía:
Javier Calderón y Florentino Ruiz, “Algo más que el 23-F”, La Esfera de los Libros S.L., Madrid (2004)
Notas:
(1) Artículos de Daniele Ganser en Voltairenet.org sobre las operaciones encubiertas de la OTAN en Europa durante la Guerra Fría http://www.voltairenet.org/auteur124764.html?lang=es

4 comentarios:

  1. ¿Queda entonces descartada la tan traída hipótesis de la implicación del anterior rey en el asunto? ¿Es posible vincularlo desde esta nueva perspectiva?

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  2. No falta quien le atribuya a la internacional nazi la creación del mismísimo consorcio de no-alineados... como parte de la continuación de la economía de guerra que algunos han encontrado tan redituable... Tráfico de armas, de personas, de drogas... Todo lo cual le ha venido más que bien al Gran Kan de las Islas cuya foto adorna el reportaje...

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  3. No hay que olvidar que tras la Segunda Guerra Mundial, el general Franco firmó en 1953 junto con Estados Unidos los "Pactos de Madrid" en los que se acordaba la instalación de 4 bases aéreas estadounidenses, por entonces ya empezaba la colonización del imperio en suelo español.

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  4. Ahora, no hace falta responder que habría pasado si Franco en su momento no hubiera firmado el tratado con los EEUU, de lo que se deduce, que por ejemplo tanto Franco como Castro nunca dejaron de ser unos títeres de la élite de poder estadounidense, y del porqué estuvieron en el poder tantos años.
    Evidentemente los intereses económicos de la élite de poder de Estados Unidos son los que acaban dirigiendo y configurando la política del resto de los países en beneficio de los jefes y presidentes de los colonias y sus respectivos Estados.
    Como la capacidad para contrarrestar u oponerse al poder de los Estados Unidos -salvando algunas excepciones- no se ha visto debilitada o disminuida por ningún otro país hasta ahora, toda la cuestión en cuanto a los conflictos bélicos- y que implican a esta nación en concreto - se reduce a formas de coacción e intimidación para poder subyugar y explotar a otros países,



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