lunes, 9 de noviembre de 2015

Sobre la incompatibilidad entre política y bien común


"Política, s. Conflicto de intereses disfrazado de lucha de principios. Manejo de los intereses públicos en provecho privado." (Ambrose Bierce, El Diccionario del Diablo)

En más de una ocasión, habrás oído decir a familiares, amigos o a compañeros de trabajo que la causa de que un político o un partido político tenga las manos atadas para gobernar en favor de sus votantes cuando llega a puestos de poder (ya sea en el gobierno o en la oposición parlamentaria) es que, en contra de su voluntad, no le queda más remedio que devolver favores a todas aquellas personas y entidades que facilitaron su ascenso a tales puestos.

Quizás, en algún caso puntual, esto sea así, pero utilizar este argumento para explicar el comportamiento general de los políticos (y de los partidos a los que éstos pertenecen) una vez han llegado a posiciones de poder, no sólo denota una muestra de ingenuidad sin límites, sino también un desconocimiento absoluto del verdadero sentido de la  profesión política y, lo que es más grave, de cómo funciona el mundo en el que viven.

El objetivo de los políticos es alcanzar el poder, para lo cual deben ganarse el favor de quienes realmente lo ostentan, que en ningún caso son los votantes, sino aquellos que tienen el control de las armas, los grandes medios de producción o los aparatos de propaganda y adoctrinamiento; por eso, todo político o partido político que aspire a algo en nuestra sociedad deberá dirigir sus "promesas", en primer lugar, no a los votantes, sino a quienes realmente pueden auparle al poder. Por eso, contrariamente a lo que se piensa, los políticos, cuando llegan al poder (y hacen lo que hacen), no están cometiendo ningún tipo de traición contra nadie o acto en contra de su voluntad, sencillamente, se limitan a desempeñar la función para la cual fueron aupados al poder: gestionar las fuerzas productivas de la sociedad según los intereses de quienes le auparon a esa posición de poder (el poder real). Es más, se podría decir que aquel político que, alcanzada una posición de poder, se dedicara a hacer política en beneficio de los votantes es el que debería ser considerado como un traidor en toda regla, pues estaría dando la espalda a quienes realmente posibilitaron que llegara hasta donde llegó (las élites).

Dichas élites (el poder real), a la hora de seleccionar a los políticos y partidos políticos que auparán al poder, no sólo valoran lo que aquéllos les "prometen", sino, sobre todo, el cómo se lo prometen, es decir, su habilidad para hacer pasar por interés público lo que no son otra cosa que los intereses de unos pocos; en otras palabras, su capacidad para manipular los deseos y los sentimientos de las masas en beneficio de las élites. En este sentido, el discurso populista de izquierdas ha sido y sigue siendo el discurso preferido; concretamente, los llamados partidos de la nueva izquierda, como Syriza en Grecia o Podemos en España, son hoy la opción favorita de las élites debido a la pérdida de credibilidad de los tradicionales partidos de izquierda.

Veamos un ejemplo.

Hoy en día, la inmigración es para los empresarios, además de una fuente de mano de obra barata, un medio de chantajear a la mano de obra local para que reduzca sus demandas salariales y acepte las condiciones de la patronal; esta es la razón de que grandes entidades financieras como la Caixa hayan hecho y estén haciendo tantos esfuerzos para que el conjunto de la población vea con buenos ojos la llegada masiva de inmigrantes (1) y pase por alto el impacto negativo que ello supone, tanto para el país al que llegan (bajada de salarios) como para el país del que proceden (robo de talentos). En este sentido, Podemos se presenta como una opción ideal para los intereses de las élites al proponer medidas que fomentan la llegada masiva de inmigrantes (Podemos dará ayudas a los empresarios que contraten inmigrantes sobre españoles); medidas camufladas bajo el discurso de la defensa de los intereses nacionales (para lo cual, curiosamente, utiliza los mismos argumentos que la Caixa) y de la lucha por los derechos humanos (una "lucha" que ha sido asumida sin ninguna dificultad por instituciones hipercapitalistas como el Real Madrid o el FC Barcelona como hemos podido ver en el caso de los llamados refugiados sirios).

El proceso se podría resumir más o menos así:
- Las élites, a través de los conocidos como Think Tanks, exponen sus deseos: necesidad de mano de obra inmigrante, necesidad de una mayor implicación de la mujer en la política o en el ámbito empresarial, necesidad de hacerse con un control totalitario de los recursos energéticos o incrementar el precio de los combustibles.
- Los partidos políticos elaboran un programa donde, tras una retórica populista (derechos humanos, feminismo, ecologismo), se ocultan una serie de medidas destinadas a satisfacer las necesidades expresadas por las élites.
- Las élites, a través de diversos mecanismos (especialmente, gracias a los medios de comunicación de masas) aúpan a posiciones de poder a aquel o aquellos partidos políticos cuyas propuestas mejor sirvan para gestionar sus intereses teniendo en cuenta la coyuntura social de cada momento.

Los partidos políticos son un tipo de organización que, desde sus inicios, fueron diseñados, no con la idea de servir al pueblo, sino a las élites (Estado-capital), que son las únicas que, en una sociedad como en la que vivimos, les pueden permitir, o no, acceder a posiciones de poder. La relación de los partidos políticos con el Estado sólo se puede entender como una relación de clientelismo. Se podría decir, entonces, que los partidos políticos, por su peculiar idiosincrasia (asegurar su propia supervivencia a toda costa), son incompatibles con el bien común.

La particularidad en nuestros días es que a los políticos de hoy les resulta prácticamente imposible disimular su verdadera razón de ser, de tal modo que su actitud durante las campañas electorales se asemeja mucho más a la de un "pelota" haciendo méritos para ser ascendido por su jefe, que a la de un desinteresado filántropo. El triunfo de la brutal e inhumana ideología capitalista es absoluto en nuestros tiempos. La lógica del interés individual y el máximo beneficio económico ha colonizado las mentes de la práctica totalidad de los seres humanos del planeta tierra. Esto ha tenido como consecuencia un hundimiento sin precedentes de la calidad humana de los sujetos; una situación a la que las personas que forman parte de los partidos políticos no han podido sustraerse, más bien todo lo contrario, agudizándose hasta el paroxismo el talante megalómano de sus líderes. Pablo Iglesias, Albert Ribera o Pedro Sánchez son tres buenos ejemplos de este decadente estado de cosas. Así, el inocultable ansia de poder que mueve a este tipo de personajes pone al descubierto con mayor claridad que nunca el verdadero sentido de la política.

El sistema de partidos políticos es un sistema perverso, en el que los individuos deciden  convertirse voluntariamente en menores de edad, al delegar la gestión de absolutamente todos los aspectos de sus vidas (incluidos los más íntimos) en manos de unas personas que, sin saber muy bien en base a qué, se atribuyen esa potestad. ¿Qué pensarías si, un día, tres o cuatro individuos se presentasen en la puerta de tu casa y te dijeran que tienes que elegir a uno de ellos para que a partir de ese momento se hiciese cargo de la gestión de tu vida doméstica? Pues, más o menos, eso mismo es lo que hacen los políticos. Es indudable que sólo gente extremadamente ruin y miserable puede dedicar su vida a una profesión como la política; pero, si la mayor parte de las personas decidieran asumir la responsabilidad que, sobre la gestión de sus vidas y la de su comunidad, les corresponde sólo por el hecho de estar vivos, tal estado de cosas no sería posible. Como ya dijo alguien hace más de 100 años: "¡el criminal es el elector!" (2).

La ciberdemocracia directa, con la que se pretende sustituir el sistema de partidos, no será un sistema menos perverso que el actual, pues las personas se limitarán a votar propuestas previamente debatidas, sin posibilidad de participar en su proceso de elaboración. Este sistema, como el anterior, no sólo no evita la manipulación que el poder ejerce sobre los individuos a través de todos sus aparatos de propaganda, sino que ahonda aún más en el proceso de infantilización (y robotización) de la sociedad.

Notas:
 (1) Estudio Social de la Caixa N.31  "Los inmigrantes asentados en España aportan más al Estado del bienestar de lo que reciben" http://prensa.lacaixa.es/obrasocial/estudio-social-31-inmigracion-y-estado-bienestar-espana-esp__816-c-14169__.html
(2) Enlace al texto de Albert Libertad "¡El criminal es el elector!" http://arrezafe.blogspot.com.es/2013/10/el-criminal-es-el-votante.html?m=1

3 comentarios:

  1. Totalmente de acuerdo. Nunca he entendido porque parece que todo esto tan evidente es casi imposible de entender para la mayoría, a otros les da igual porque sacan tajada, pero la mayoría como digo es que no son capaces de entenderlo o de creérselo (o eso parece).

    Saludos.

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  2. Así es. Porque, en realidad, se trata de la administración de una inmensa prisión. A tal fin, los políticos han de evitar, en primer lugar y con todos los medios a su alcance, que los prisioneros adquieran conciencia de que lo son. Para ello, cuentan con la educación y con la todopoderosa, ubicua y persistente maquinaria mediática.
    En segundo lugar, los reclusos han de creerse libres participes de un proyecto social emancipador, de esta manera realizarán obedientes cuantas tareas se les impongan y contemplarán con recelo y aversión cualquier conato de motín o auténtico cuestionamiento, no sólo de las reglas penitenciarias, sino de la propia institución (las prisiones están concebidas como celdas de castigo, pero fundamentalmente para ocultar La Prisión).
    En tercer lugar, la población reclusa (la denominada ciudadanía) ha de creer que participa (la denominada soberanía popular) en todas las decisiones que afectan al desarrollo presente y futuro (el pasado se obvia o se modifica) de la vida en la prisión. A tal fin, los políticos han de urdir, establecer y renovar un sistema (denominado de libertades democráticas) que posibilite la asunción colectiva de la condena.
    En definitiva: los reos han de responsabilizarse, alegre y voluntariamente, de erigir y perfeccionar el patíbulo que ha de conducirlos a su propia ejecución.

    Un fraternal saludo desde el módulo X, celda XX.

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  3. «El campo [de concentración] no está protegido únicamente por sus alambradas. Está a resguardo, cuando existe, detrás de la incredulidad de sus contemporáneos».

    «Asombra la extraordinaria energía gastada por seres extenuados en discutir de forma apasionada sobre el porvenir del campo, las transformaciones internas, los cambios de jerarquía interna o las amenazas que pesaban sobre él».

    «El dispositivo instaurado para el exterminio masivo descansa menos en disposiciones disciplinarias que en la puesta en marcha de configuraciones de fascinación y anonadamiento que van a permitir la asunción del proceso por los propios exterminados. Los modos posteriores de de la concentración disuasiva prolongan, generalizando y sofisticándolas, esa formas de anonadamiento. Las volveremos a encontrar, desactivadas respecto al exterminio pero vivas respecto a la pasividad colectiva, funcionando en el seno de todos los dispositivos implosivos».

    «La posición de exterminio está inscrita en la lógica demencial de un sistema que articula estrechamente industria y tecnocracia y que pretende llegar hasta el fin de su experimento con una especie de rigor científico. Si se desea conocer la capacidad de los súbditos para asumir los proyectos de un Estado, ¿cómo verificarlo mejor que pidiéndoles que asuman el proyecto de su propio exterminio?»

    Leo Scheer, La sociedad sin amo

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