jueves, 17 de diciembre de 2015

El puñetazo a Rajoy: una operación psicológica de manual para movilizar al electorado en la dirección deseada


"(...) encontrándose Clearco (tirano de Heraclea) entre la insolencia de los nobles, a los que no podía, por ningún medio, ni contentar ni corregir, y la rabia del pueblo, que no podía soportar haber perdido la libertad, decidió librarse de la molestia de los nobles y ganarse al pueblo con un solo acto, y cuando encontró la ocasión adecuada, cortó en pedazos a todos los nobles con extrema satisfacción del pueblo. Y por este camino satisfizo los deseos de venganza del pueblo." (Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Libro I-16)

Para entender correctamente el puñetazo sufrido por Mariano Rajoy (presidente de España y líder del Partido Popular) en Pontevedra cuatro días antes de las elecciones presidenciales en España, conviene recordar la agresión sufrida por Silvio Berlusconi hace exactamente seis años, cuando un hombre (del que posteriormente se nos diría que sufría un desequilibrio mental) "armado" con una réplica del Duomo de Milán le atacó en plena calle de la capital lombarda. También aquí, como en el ataque a Rajoy, Berlusconi fue agredido el mismo día que tenía previsto realizar un importante mitin electoral. Curiosamente, este ataque no sirvió para reforzar la popularidad de Berlusconi, sino todo lo contrario. El telespectador promedio, tanto el italiano como el del resto del mundo, se identificó más con el atacante que con el agredido (1).

Recordemos, también, el episodio del alunizaje (2) en la sede del Partido Popular (PP) de Madrid de un coche cargado con dos bombonas de butano y sacos de abono industrial, conducido por un supuesto desequilibrado mental en situación de desempleo. Este hecho, lejos de beneficiar al PP (ya en el gobierno en aquel momento), fue de gran utilidad para escenificar un paisaje social crítico, al presentarnos, como protagonista de la historia, a un pobrecillo y desesperado desempleado al que no se le pudo ocurrir nada mejor que planear un chapucero (y frustrado) atentado suicida contra aquellos que consideraba responsables de su tragedia existencial. Como en el ataque a Berlusconi, el gran público se volvió a identificar con el agresor en lugar de con el agredido.

Este tipo de acciones, al ser perpetradas por individuos presentados como pobres diablos, incapaces de controlar racionalmente sus actos (debido a un supuesto desequilibrio mental o, como en el caso del ataque a Rajoy, por tratarse de un menor de edad), víctimas sobre las que se ceba el infortunio (desempleo, depresiones, desahucios...), tienen un efecto psicológico muy diferente al de aquellas atribuidas a grupos fanatizados y perfectamente organizados (ETA, al-qaeda, ISIS...). Mientras que estos últimos son percibidos por el conjunto de la sociedad como una peligrosa amenaza, debido al alto grado de conciencia que tienen sobre sus actos, los primeros, debido a su ciega irracionalidad, son vistos como inofensivos y, por lo tanto, como merecedores de lástima y compasión.

Con esta operación (que bien podríamos denominar "crochet a Rajoy") se ha pretendido dirigir el inconsciente colectivo de la sociedad española hacia el siguiente razonamiento: "¡Qué mal tienen que estar las cosas, y que mal lo tiene que estar haciendo el PP, para que un menor de edad ataque al presidente del gobierno a la desesperada!". De este modo, no sólo se consigue movilizar al electorado, sino que, además, se consigue hacerlo en la dirección deseada: fragmentar el voto de la derecha (un voto muy gregario, que suele tender a concentrarse en un único partido) y animar al votante de izquierdas a participar en las elecciones (un voto que, por ser menos dogmático que el de derechas, no sólo tiende a fragmentarse, sino también a una posible abstención) (3).

El puñetazo a Rajoy ha sido, de momento, el último de los actos que se vienen representando en España (a modo de autos-sacramentales) desde poco antes del 15-M, como parte de un psico-drama cuyos objetivos han sido: la demolición controlada del bipartidismo y la implantación de un nuevo modelo a cuatro (PP, PSOE, Ciudadanos y Podemos) mucho más dinámico que el anterior, pues permitirá un mayor margen de maniobras a los verdaderos detentadores del poder. Las mayorías parlamentarias que habitualmente solían obtener uno de los dos grandes partidos retrasaba la aprobación de determinadas leyes hasta la llegada al poder de la oposición. A partir de ahora, será mucho más fácil aprobar todo tipo de leyes debido a que no será necesario estar en el gobierno para conseguir que éstas salgan adelante, gracias a posibles acuerdos mayoritarios con otros partidos, estén o no en el gobierno. Además, servirá como lavado de cara del sistema, al presentarnos este tetrapartidismo como un síntoma de "pluralidad" y "salud democrática", a pesar de la estrecha y probada vinculación de los cuatro grandes partidos (y del resto de formaciones parlamentarias) con las cloacas del Poder real en España (la OTAN) y del cada vez más descarado adoctrinamiento de los electores para que voten a uno de esos cuatro partidos. En cualquier caso, el voto es lo de menos, pues los resultados son fácilmente manipulables; lo importante es crear conciencia en la gente para que, posteriormente, los resultados que hagan pasar por verdaderos resulten más o menos creíbles para el ciudadano medio.

PS: Las últimas noticas por las que se trata de vincular al agresor con la familia de Rajoy, y sobre su origen acomodado, tendrían como objetivo alejar toda sospecha (o, al menos, dejarlo todo en una nebulosa) sobre una posible participación o incitación por parte de la izquierda política en los sucesos, así como ahondar aún más en el desprestigio de Rajoy y del PP. En este tipo de operaciones, no se trata de crear una secuencia lógica de acontecimientos, sino una puramente emocional (estrategia de la tensión) gracias a los continuos "flashes" mediáticos dirigidos al corazón del gran público, con el fin de movilizarle adecuadamente en la dirección deseada: que el 20-D vaya a votar para legitimar su falsa democracia. No se trata de que el espectador piense, sino de que sienta. Da igual que una notica desmienta a otra (el espectador no se parará a racionalizarlo), el objetivo es conseguir impactarle emocionalmente. Algo similar ocurrió el 11 de marzo de 2004 (tres días antes de las elecciones generales), cuando, en un primer momento, se hizo responsable a ETA del 11-M y, posteriormente, se adjudicó la autoría a al-Qaeda, lo cual fue de gran utilidad para movilizar masivamente las emociones de los votantes, tanto de derechas como especialmente de izquierdas, al dejar todo lo sucedido bajo el manto de una oscura nebulosa, interpretable sólo según los más inconscientes e inconfesables deseos del consumidor, previamente adoctrinado a conciencia por los grandes medios de comunicación de masas. Como ya he dicho antes, el objetivo principal de este tipo de operación psicológicas suele ser el de romper la tradicional pasividad de muchos votantes, especialmente de los de izquierdas, que, de no ser por acontecimientos como el aquí analizado, optarían por la abstención; todo, con el fin de legitimar el actual sistema de dictadura teledirigida.

Notas:
(1) En este caso, la campaña de desprestigio contra Berlusconi (de la que este ataque fue una pieza más) tuvo como objetivo torpedear el acercamiento de éste hacia Rusia y Putin http://internacional.elpais.com/internacional/2010/12/02/actualidad/1291244410_850215.html  . La diferencia con respecto al ataque sufrido por Berlusconi, es que, muy probablemente, la operación española se llevó a cabo con el consentimiento del propio Rajoy, fiel siervo de los intereses de la OTAN.
(2) Os invito a releer el artículo que escribí en este mismo blog sobre dicho suceso Enfrentamiento entre hinchadas de fútbol y el hombre que estrella su coche contra la sede del PP. Dos nuevos actos de hipnotismo de masas para una mejor gestión de los intereses oligárquicos
(3) Este tipo de operaciones psicológicas son también muy útiles para que determinados grupos de poder (locales o foráneos) retiren (o por lo menos, se replanten retirar) una buena parte de su apoyo (económico, mediático o militar) al personaje u organización que las sufre, al no ver muy rentable invertir en alguien al que su propio pueblo agrede por la calle. Esto facilita el cambio de gobierno.

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