jueves, 11 de agosto de 2016

El enfrentamiento Hillary vs Trump: una nueva artimaña para aumentar el grado de influencia social del feminismo y el sometimiento de los hombres al sistema

"Las mujeres representan el triunfo de la materia sobre la mente, igual que los hombres representan el triunfo de la mente sobre la moral." (Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray, cap. IV)

Más allá del resultado que nos deparen las próximas elecciones a la presidencia de los Estados Unidos de América, el principal objetivo que se buscaba ya está prácticamente conseguido, esto es: que las masas, de forma definitiva, superen psicológicamente el viejo modelo feminista con el que se las venía disciplinando desde poco después de la Segunda Guerra Mundial, y acepten otro nuevo, aún más ginocentrista.

La campaña electoral realizada por ambos candidatos, que ha pretendido llegar diariamente hasta los más recónditos lugares del planeta, está siendo perfecta para lograr dicho objetivo. A través de esta campaña se ha tratado de escenificar un enfrentamiento entre el viejo paradigma feminista (Donald Trump) y el nuevo (Hillary Clinton) con el fin de conseguir que los valores de este último modelo arraiguen definitivamente en la psique colectiva mundial. Dichos valores ya están prácticamente instaurados en nuestra sociedad, como podemos comprobar observando los actuales roles sociales desempeñados por hombres y mujeres (por un lado, el depresivo marido cornudo empujacarritos, y por el otro, la arrogante empoderada hipérgama adicta a las redes sociales), lo único que faltaba era la dramatización, a escala global, de una especie de acto ritual que los grabara a fuego en el imaginario colectivo mundial. La victoria de Hillary Clinton y su posterior coronación como primera emperatriz de los Estados Unidos de América sería un perfecto colofón a todo este show mediático de carácter adoctrinador. La única razón por la que se permitiría a Trump ganar las elecciones sería para provocar una crisis política y social de tal magnitud, que su ascenso al poder terminara por justificar la implantación de un régimen absolutamente ginocrático y radicalmente misándrico; una crisis que podría ser usada también como excusa para eliminar lo poco que queda de participación (influencia) popular en los Estados (gobiernos que aún tienen que justificarse mínimamente ante sus supuestos electores y ante las bases sociales de los partidos políticos gobernantes y opositores). Este último escenario sería muy parecido al planteado tras las últimas elecciones en España, con el que se pretende justificar la futura implantación de ese sueño neoliberal conocido como Gobierno Abierto.

Personalmente, veo más probable el primer supuesto que el segundo, es decir, la victoria de Hillary, pues ello terminaría por consolidar definitivamente el modelo ginocentrista por el que se lleva tanto tiempo trabajando. Conceder la victoria a Trump sería dar un paso atrás. La crisis de gobernabilidad que facilitaría la llegada de un Gobierno Abierto, también se podría provocar estando la Clinton en el poder, sin que ello tuviera ningún tipo de repercusión negativa sobre el nuevo sistema que se pretende instaurar; de hecho, en Alemania o en otros países latinoamericanos donde gobiernan o han gobernado mujeres, a pesar de las fuertes convulsiones políticas sufridas, jamás se ha puesto en duda, ni por un sólo momento, la ideología feminista que llevó a estas mujeres al poder.

En cualquier caso, y para entender mejor todo este particular juego de ilusionismo político, es fundamental tener muy clara una cosa, y es que Donald Trump está muy lejos de ser un político antifeminista, a pesar de que muchos sostengan lo contrario. No sólo es que las propuestas políticas de Trump y del Partido Republicano ratifiquen el ideario feminista de principio a fin, sino que se podría afirmar, con absoluta rotundidad, que la base ideológica de sus propuestas (como la de las de todos los partidos políticos actuales) es fundamentalmente feminista. Sólo la demagogia ha podido conseguir que Trump apareciera ante los ojos de los electores estadounidense -y ante el resto de telespectadores del planeta- como un político antifeminista o machista; una demagogia muy parecida a la que se ha venido utilizando en España con los críticos de la Ley Integral contra la Violencia de Género (LIVG), a los que se ha presentado como retrógrados machistas, ignorando y silenciando sistemáticamente sus argumentos (en este punto convendría recordar que la LIVG fue prologada y firmada por el monarca Juan Carlos I de Borbón, nombrado por el dictador fascista Francisco Franco Bahamonde como su legítimo sucesor). Esta estrategia demagógica coincide milimétricamente con la que los regímenes totalitarios han venido utilizando históricamente para estigmatizar a sus críticos y opositores. En estos regímenes, todo aquel que se alejaba lo más mínimo del discurso oficial era catalogado inmediatamente como un peligroso enemigo de la nación, merecedor de ser castigado con la horca, la cárcel o con el ostracismo social. En nuestros días, la percepción que la sociedad tiene de un crítico del feminismo, o de alguien que no asume el discurso feminista, no es muy diferente a la que la sociedad de la Edad Media tenía de un hereje; y, actualmente, no arrodillarse ante las mujeres o no adorarlas como si de seres numinosos se tratase (independientemente de que muchas sean unas inútiles o unas malnacidas), es, prácticamente, sinónimo de alguien que es crítico con el feminismo o que reniega de éste. Por todo ello, es fácil comprender porque Trump, empeñado en disputarle las elecciones a una mujer, es considerado por muchos como un político antifeminista o incluso machista [1]. ¡No nos engañemos! ¡Trump y el Partido Republicano son tan feministas como el que más! Basta con echar un vistazo a Melania Trump, la esposa del magnate estadounidense, para comprender que su tipo de mujer no es precisamente el modelo tradicionalmente asociado al llamado patriarcado, es decir, el de abnegada ama de casa y mujer recatada y discreta entregada en cuerpo y alma al servicio exclusivo de su marido [2].


Por lo que vemos, en la actual campaña electoral estadounidense no se está representando un enfrentamiento entre antifeministas y feministas, sino entre feministas y "superfeministas", de tal modo que, gane quien gane, el resultado acabe siendo siempre favorable a los intereses del feminismo, pues, con la excusa de buscar un término medio que satisfaga a ambas partes, el resultado final será siempre un aumento del grado de influencia social del feminismo respecto a la situación anterior. Algo parecido ya sucedió en España tras la victoria electoral de Mariano Rajoy y el PP en el año 2011. Tras ganar las elecciones, los conservadores españoles, en lugar de derogar la LIVG aprobada por el anterior gobierno socialista, continuaron profundizando en las políticas antihombre, debido a la poderosa influencia que el feminismo había alcanzado en nuestra sociedad gracias a las medidas adoptadas por la anterior administración. Básicamente, la estrategia seguida por el feminismo para alcanzar sus exitosos resultados es la misma que utilizan los niños caprichosos con sus pataletas o rabietas: éstos saben que sus padres jamás le darán menos de lo necesario, por lo que si para conseguir un capricho tienen que armar un cristo, lo armarán, pues no tienen nada que perder y sí mucho que ganar; unas ganancias que utilizarán como punto de partida en la siguiente negociación. Tanto en un caso como en el otro, la culpa es siempre del que consiente, pues está visto que los que piden no tienen límites.

En todo este proceso, los medios de comunicación de masas (TV, radio, prensa, internet, etc.) están siendo decisivos para conseguir adoctrinar a la población mundial en los nuevos valores feministas. Hoy en día, cualquier parecido que pueda existir entre los contenidos de los grandes medios de comunicación corporativos y la realidad es pura coincidencia. Dichos medios, en colaboración con el Estado y las diferentes iglesias, tienen como único objetivo poblar nuestro imaginario colectivo con historias de carácter pseudomitológico, destinadas a moralizar al gran público y conseguir así orientar los esfuerzos de las masas en la dirección deseada, todo ello muy al estilo de los antiguos autos sacramentales. Por ejemplo, la mejor forma de conseguir que un hombre dilapide su vida en algo tan contrario a sus intereses como es el matrimonio (o cualquier otro tipo de unión sentimental con una mujer, que le obligue a desperdiciar la mayor parte de su tiempo aguantando sus neurosis y le impida divertirse en compañía de sus amigos), es escenificando un drama de tales dimensiones, que le haga pensar que las mujeres, al haberse empoderado y, supuestamente, no necesitar al hombre, son un bien escaso; para ello, nada mejor que alimentar desde diferentes frentes el fantasma del feminismo. Gracias a todo esto, se ha conseguido generar en los hombres tal estado de ansiedad sexual, que ha llevado a la mayoría a someterse voluntariamente a las mujeres y a sus caprichos, por temor a quedarse privados del acceso a sus vaginas. Paradójicamente, esta actitud de sumisión de los hombres es algo que las mujeres desprecian desde lo más profundo de su psique, lo cual, a su vez, es de gran utilidad para retroalimentar todo este perverso juego, pues, gracias a tal desprecio, se consigue incrementar entre los hombres la sensación de escasez, convenciéndoles definitivamente de que la única alternativa para tener garantizada una cierta cuota de bienestar sexual es encadenarse de por vida a una mujer y a los hijos que pueda llegar a tener con ella. Lo cierto es que esta estrategia parece estar teniendo tanto o más éxito que las doctrinas religiosas que antiguamente se utilizaban para alcanzar un fin parecido (el matrimonio y la familia). Y es que, en el fondo, detrás de todo esto se esconde la vieja alianza de siempre entre las mujeres y las clases decadentes (generalmente, formadas por hombres castrados psicológicamente) para domesticar la masculinidad y ponerla al servicio del sistema (y de las mujeres).

Resumiendo: el enfrentamiento político entre Trump y Hillary no es más que un moderno auto sacramental destinado a alcanzar un punto intermedio entre el viejo feminismo y el nuevo "superfeminismo", una síntesis que siempre será superior en grado de intensidad a lo que había antes. Realmente, lo de menos es quién gane, lo importante es que el show electoral cree la suficiente tensión dramática para que la síntesis resultante tenga la mayor aceptación social posible, condicionando así la vida política durante los próximos años, al ser imposible rebajar ya el grado de ginocentrismo alcanzado. Probablemente, en un futuro no muy lejano, veamos un nuevo enfrentamiento entre el feminismo que hoy representa Hillary Clinton y un nuevo modelo de feminismo, aún más agresivo, uno que considerará como actitudes machistas el tener una voz muy grave o un pene demasiado grande; todo esto siempre que no se invente un método diferente, capaz de controlar y orientar la masculinidad en beneficio del sistema de un modo parecido a como hoy lo hace el feminismo o a como ayer lo hizo la religión. Su estrategia es fácil de predecir, pues, al basarse en el lema "cuanto peor, mejor" [3], basta con pensar mal (lo peor posible) para acertar.

A pesar de todo lo dicho, yo no me emparanoiaría demasiado con todo esto del feminismo, pues, en cierto modo, ése es otro de los objetivos que se busca, es decir, acojonarnos. La situación a la que hoy nos enfrentamos los hombres no es muy diferente a otras situaciones a las que se enfrentó el hombre en siglos pasados; se podría decir que lo único que ha cambiado son los medios que se usan contra nosotros; los fines siguen siendo exactamente los mismos. Los hombres somos absolutamente necesarios para el sostenimiento y desarrollo del nuevo orden, del mismo modo que lo fuimos para el sostenimiento y desarrollo del antiguo, el feminismo es sólo un método para meternos miedo haciéndonos creer lo contrario, es decir, que somos prescindibles, consiguiendo así siervos amedrentados, timoratos y, por lo tanto, fácilmente manipulables, como los que antiguamente consiguió la religión gracias a su narrativa catastrofista  (iras divinas, castigos infernales, etc.). Igual que la religión, el feminismo pretende crear tal situación de tensión entre los hombres, que impida que éstos lleguen a desarrollar plenamente sus capacidades, consiguiendo así supeditar sus voluntades a la voluntad de los gestores del sistema [4].

Con feminismo o sin él, los hombres y las mujeres seguirán siendo los mismos que hace 100, 200 ó 2000 años; con feminismo o sin él, el sistema (dirigido por los espíritus más decadentes en cada época) seguirá haciendo todo lo posible por reprimir la masculinidad y poder sobrevivir. Por eso, con feminismo o sin él, siempre tendrás, más o menos, las mismas dificultades (o facilidades) para copular satisfactoriamente que las que tuvieron tus antepasados; sólo hay que relajarse, saberse adaptar a los tiempos y, sobre todo, no hacer demasiado caso a estos nuevos métodos ideados por los viejos sacerdotes de siempre. Por más ropajes que utilicen para camuflarse, su despreciable estrategia moralista acaba despidiendo el mismo tufo a sotana y sacristía que la usada por sus predecesores; esta es la causa de que el feminismo sea cada vez más repudiado. Y es que, "aunque el cura se vista de seda, cura se queda".

Notas:
[1] Basta con hacer una sencilla búsqueda en Google con las palabras "Trump" y "feminismo" para comprobar que existe toda una campaña mundial para presentar al magnate como un "retrógrado machista".
[2] La promoción del modelo de mujer sexualmente liberada no es más que otra estrategia feminista (igual que la difusión gratuita del porno) para conseguir que los hombres tengamos todo el día el coño en la cabeza y poder así manipularnos con mayor facilidad. Como ya he dicho en otra ocasión, las necesidades sexuales de los hombres son, y han sido siempre, superiores a las de las mujeres; el discurso de la liberación sexual femenina es una auténtica falacia, pues las mujeres no han tenido nunca que enfrentarse a ningún tipo de opresión o escasez sexual: ¿es posible imaginar a una mujer gritando la famosa frase atribuida a Pablo de Tarso: "¿quién me librará de este cuerpo de muerte?" Noporque una mujer no está condicionada por el sexo del mismo modo en que lo está el hombre. La lucha por su liberación sólo ha sido una excusa para conseguir un mayor poder sobre los varones, para imponer a través del chantaje sexual. Y es que, entre las mujeres, la "codicia" tiene mucha mayor fuerza que la "lujuria".
[3] En nuestros días, para conseguir que los súbditos deseen hacer lo que al sistema le interesa que hagan, se emplea básicamente lo que podríamos denominar como la estrategia de la sensación de escasez o del perpetuo estado de crisis. Si se quiere que los súbditos trabajen más que nunca, se crearán las condiciones (ficticias y reales) necesarias para hacerles pensar que tener trabajo es una especie de bendición; si se quiere que los súbditos vean como un paraíso las horribles junglas de asfalto y hormigón en las que viven, se crearán las condiciones (ficticias y reales) necesarias para hacerles creer que son tremendamente afortunados por poder vivir en el cuchitril en el que viven (todo el tema de los desahucios ha sido muy útil para esto); si se quiere que los súbditos defiendan a sus país, a pesar de lo poco o nada que éste puede ofrecerles (básicamente por haberse convertido en propiedad privada de una minoría), se crearán las condiciones (ficticias y reales) necesarias para hacerles creer que nos encontramos al borde de una invasión extranjera; si se quiere que los súbditos varones se entreguen en cuerpo y alma al cuidado y protección de sus vástagos, se crearán las condiciones (ficticias y reales) que les hagan creer que la paternidad es hoy algo perseguido, y que poder cuidar personalmente de sus propios hijos o los de otro individuo (los del primer, segundo o tercer amante de su pareja) es una especie de gracia divina; si se quiere que estos mismos varones dilapiden sus vidas como maridos y amantes entregados, se crearán las condiciones (ficticias y reales) para hacerles creer que las mujeres se han convertido en un especie de seres de luz prácticamente inalcanzables, y que el único modo de acceder a ellas es mediante la sumisión y el sacrificio constante; y así con todo lo demás. El objetivo es conseguir grabar a fuego en nuestras mentes la máxima: "cualquier situación es susceptible de empeorar".
Esta estrategia se está revelando de gran utilidad para conseguir un cierto nivel de moralidad (disciplina) en las actuales sociedades laicas, cuyos miembros, mayoritariamente, han dejado de creer en castigos divinos y otros historias semejantes, gracias a las cuales, antiguamente se lograba el mismo propósito moralizador.
[4] Conseguir que los hombres pasen demasiado tiempo con mujeres es también de gran utilidad para mermar las potencialidades de los varones. Pasar demasiado tiempo con una mujer acaba haciendo que un hombre termine viendo a ésta como su igual, perdiendo así la conciencia de todas las potencialidades que la naturaleza le ha otorgado por el mero hecho de ser hombre. Para conseguir todo lo anterior, el feminismo no ha dudado lo más mínimo en estigmatizar y, en muchas ocasiones, perseguir la amistad masculina, demonizando o parasitando espacios antiguamente exclusivos de hombres. Es muy probable que el próximo reto del feminismo sea conseguir que el deporte profesional acabe siendo completamente mixto, tal y como ya se consiguió con la educación. De cualquier forma, este es un tema demasiado complejo e interesante, que merece ser explicado con mayor profundidad en un próximo artículo.

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