lunes, 18 de abril de 2016

El animalismo, o cuando la locura es elevaba a la categoría de ideal social

"¿Sabes que tu Führer es vegetariano, y que él no come carne debido a su actitud general respecto a la vida y su amor por el mundo animal? ¿Sabes que tu Führer es un amigo de los animales ejemplar?" (Extracto de un artículo publicado en la revista alemana Neugeist/Die Weisse Fahne en tiempos del Tercer Reich)

"Daba tan claras señales de su locura, que ninguno pudiera creer sino que era uno de los más cuerdos del mundo." (Miguel de Cervantes, El licenciado vidriera)

La estupidez y el absurdo que imperan en la sociedad contemporánea suelen resultarme tremendamente inspiradores a la hora de escribir. Uno de los temas que más me motiva útimamente es el llamado animalismo o movimiento por la defensa de los derechos de los animales. Dudo mucho que los grandes genios del surrealismo (Dalí, Breton, Buñuel...) fueran capaces de predecir en sus más delirantes ensoñaciones un absurdo semejante al que vivimos hoy en día con todo este tema.

A lo largo de la historia, el hombre ha demostrado ser capaz de erigir su civilización sobre las más disparatadas ideas y prácticas. La realización de todo tipo de sacrificios en ofrenda a figurillas de madera (como tótems o crucifijos), la ingesta colectiva de un simple mendrugo de pan como medio de unión con lo transcendente, o la construcción de colosales edificaciones (templos, iglesias, etc.) para albergar a seres imaginarios, son sólo algunos ejemplos de hasta qué punto los seres humanos han venido normalizando la idiotez como forma de comportamiento socialmente deseable. Por todo esto, no debería sorprendernos demasiado que, en la actualidad, seres como las ratas, las mofetas o los chimpancés hayan sido elevados a la categoría de sujetos de derecho, a la vez que se persigue con ira inquisitorial a todo aquel que se atreve a cuestionar semejante desvarío antropomorfista.

Muchas veces he pensado que este tipo de creencias fueron ideadas originalmente por las élites gobernantes; sin embargo, no creo que éstas tengan la suficiente imaginación, ni estén lo suficientemente enajenadas, como para idear tales desvaríos. Más bien, yo creo que la tarea de las élites consiste únicamente en escarbar en busca del modo de pensar más estrafalario que alguien pueda sostener en una comunidad humana sin perder del todo el contacto con su medio social (es decir, que no se trate de algo ideado por un alcohólico o por un vagabundo) y, una vez encontrado, promocionarlo por todos los medios a su alcance. De este modo, además de volvernos a todos rematadamente idiotas (de tal forma que, a partir de ese momento, estemos más predispuestos a aceptar como verídicas todas las barrabasadas que se les ocurra contarnos), se consigue que la idiotez del conjunto de los miembros de la comunidad vaya en una misma dirección, es decir, se homogeniza la estulticia del grupo, lo cual hace que, no sólo sea más fácil su manipulación, sino también mucho más efectivos los resultados de la misma, al operar sobre una masa humana compacta y sin fisuras, uniforme. Además, y no menos importante, al crearse un particular consenso en la idiotez, se consigue garantizar también un cierto nivel de estabilidad sistémica o paz social (la paz de los idiotas).

El animalismo o la atribución de cualidades humanas a seres irracionales es un buen ejemplo, pero no el único, de una estrategia de control social basada en la inoculación de formas de pensar y comportamientos delirantes en los individuos. El fenómeno de los abraza-árboles sería otro ejemplo de esta estrategia; un fenómeno que nada tiene que envidiar al animalismo.

En un pasado no muy lejano, abrazar árboles con mayor frecuencia y con más entusiasmo que a seres humanos nos hubiera parecido un comportamiento, cuanto menos, extravagante; sin embargo, hoy día, no sólo es algo absolutamente normalizado, sino que incluso es jaleado y admirado masivamente a través de las redes sociales.


Algo similar ocurre con el tema de los extraterrestres. Hace tiempo, aquellas personas que se dedicaban a la "investigación" del fenómeno OVNI eran vistos por la mayoría como sujetos excéntricos, como pobres diablos obsesionados por llamar la atención de sus semejantes, para lo cual, recurrían a un discurso absolutamente disparatado con el que trataban de justificar la presencia de extrañas entidades alienígenas sobre el planeta tierra. A pesar de los claros síntomas de desequilibrio emocional que se advertían en los descabellados argumentos utilizados por los ufólogos, años más tarde, personajes como Stephen Hawkins, entronizado en occidente como el icono de la intelectualidad, o el Papa Francisco, la máxima autoridad religiosa del mundo occidental, han manifestado públicamente, en repetidas ocasiones, estar convencidos de la existencia de vida inteligente más allá de la tierra, consiguiendo así normalizar lo que antes se consideraban paranoias propias de chiflados. Es decir, ideas sustentadas en un primer momento por unas pocas personas con un más que dudoso equilibrio mental, son convertidas en una forma de pensar masiva gracias a la intervención de las autoridades intelectuales y espirituales.

Más allá de la intención de volvernos a todos idiotas, tanto el tema OVNI como el tema de la defensa de los derechos de los animales están siendo promocionados masivamente con el objetivo de justificar un recorte brutal de las llamadas libertades civiles. Con la excusa de proteger a criaturas irracionales, en el caso del animalismo, o ficticias, en el caso de la ufología, se implantará (ya se está implantando) un estado policial sin parangón en la historia de la humanidad. Será tu palabra contra la de un caniche o un extraterrestre, en representación de los cuales hablará la policía o el ejército, que, cual ventrílocuos, podrán acusarte de lo que les dé la puñetera gana, todo ello con la aprobación y el aplauso de la gran mayoría de la sociedad. En el fondo, todo esto no es más que la restauración de los viejos procesos por herejía o impiedad, en los que los inquisidores actuaban como los portavoces, precisamente, de un ser extraterrestre, y cuyo verdadero objetivo era el de librarse, por las buenas, de enemigos políticos o de individuos molestos que, por su incredulidad o espíritu crítico, pudieran poner en jaque las idioteces que en aquel momento servían para dotar de estabilidad al orden social: la transubstanciación del cuerpo de Cristo, la inmaculada concepción de la virgen y demás gaitas.

Llegados a este punto, cabría hacerse la siguiente reflexión: ¿Cómo es posible que se haya llegado a imponer en nuestra sociedad la descabellada idea de medir casi con el mismo patrón la vida de criaturas irracionales, incapaces de experimentar emociones o sentimientos, (o ficticias, como sucederá en el caso de los extraterrestres) y la de los seres humanos? La respuesta sólo puede ser una: debido a una deshumanización sin precedentes de la propia humanidad.

En una sociedad como la capitalista, en la que la soledad y el desamor se han vuelto patológicos, es completamente comprensible que una persona ame más a su mascota, o incluso a sus plantas, que a los seres humanos, con los que apenas tiene relación, o, que de tenerla, habitualmente suele ser agria u hostil. Por otra parte, el sujeto promedio al que ha dado origen la hiper-hedonista posmodernidad, un individuo caprichoso y egocéntrico, siempre  mirará con mejores ojos a seres simples y dóciles, como las vacas o los asnos, que a sujetos con el mismo nivel de abyección que él mismo. Es muy probable que, dentro de 50 años, a la gente le resulte raro, e incluso se escandalicen, al ver a dos o más personas paseando juntas por la calle.

Muchos creen ver en el animalismo y en la defensa de los derechos de los animales un síntoma de evolución de la especie humana y de sus facultades intelectuales, sin embargo, todo esto no es más que el producto de una civilización decadente y moribunda, donde la sociabilidad es ya inviable, y los individuos ven más ventajas en convivir con un réptil o una comadreja que con su prójimo, que se ha vuelto inaguantable; una civilización a la que, con toda seguridad, no le quedan más de tres o cuatro telediarios antes de su colapso definitivo.

Por último, es importante señalar que el animalismo encaja perfectamente con la actual estrategia feminista destinada a castrar todo lo posible la virilidad masculina, consiguiendo así convertir a los hombres en sujetos aún más afeminados, pusilánimes y, por lo tanto, más fácilmente dominables. El hombre dejó de ser cazador habitual hace apenas unos siglos, por lo que se podría decir que el instinto de caza es algo que aún lleva grabado a fuego en sus genes. Demonizar la caza, tal y como hoy están haciendo las asociaciones ecologistas (siempre apoyadas por diferentes sectores del establishment de manera muy sutil [1]), en el fondo, no sería más que otra forma de castrar los impulsos masculinos. No nos engañemos, el creciente interés en la promoción social del animalismo, del feminismo o del homosexualismo se corresponde con el deseo, por parte de las instituciones, de profundizar en el lavado de cerebro y disciplinamiento de los ciudadanos (especialmente de los varones), con el fin de asegurarse un mayor control y una explotación más eficaz de unas sociedades cada vez más complejas y degradadas; todo ello, al más puro estilo de la Naranja Mecánica [2] (condicionamiento pavloviano puro y duro).



PS: Por todo lo anteriormente expuesto, no es de extrañar que el primer Estado en elaborar y aplicar leyes para la protección de los animales fuera la Alemania nazi de Adolf Hitler. Según estas leyes, una persona acusada de algo tan subjetivo como maltratar a un animal, podía enfrentarse a penas de hasta dos años de cárcel. Dejo el enlace a una página web generalista en la que podréis encontrar más información al respecto.
Cuando en la Alemania nazi los animales tenían más derechos que las personas

Notas:
[1] El sistema prefiere apoyar este tipo de reivindicaciones e ideas de una forma discreta y disimulada con el fin de que el conjunto de los ciudadanos piensen que se han instalado en nuestra sociedad de una forma natural, y no por el apoyo institucional, de tal modo que sean interiorizadas por los individuos con mayor facilidad, al creer que se trata del resultado de un proceso social independiente y no manipulado. Todo lo cual, al producirse a un nivel subconsciente, acaba arraigando con mucha mayor fuerza en sus mentes.
[2] Recomiendo el documental "La historia detrás de... La Naranja Mecánica" . La Naranja Mecánica (tanto el libro de Anthony Burgess como la película de Stanley Kubrick) es una demoledora crítica al carácter totalitario al que tienden todos los Estados, que, al tratar de buscar un cierto nivel de orden o paz social, acaban triturando la individualidad de las personas.