miércoles, 8 de marzo de 2017

Saúl Craviotto, la violencia de género y twitter, el Gran Hermano en la era cibernética

"Pero en ese mismo instante, produciendo con ello un hondo suspiro de alivio en todos, apareció el rostro del Gran Hermano, con su negra cabellera y sus grandes bigotes negros, un rostro rebosante de poder y de misteriosa calma y tan grande que llenaba casi la pantalla." (George Orwell, 1984, parte I, capítulo I)


Recientemente, el piragüista olímpico español Saúl Craviotto, miembro a su vez del Cuerpo Nacional de Policía, publicó en su cuenta de twitter un vídeo animando exclusivamente a las mujeres a que denunciaran a sus parejas masculinas en caso de malos tratos. Inmediatamente, todos los grandes medios de comunicación (televisión y radio principalmente) se hicieron eco de las declaraciones de este medallista olímpico y policía nacional, dando así a sus palabras una repercusión mediática mucho mayor que si éstas se hubieran quedado en el ciberespacio.

Estas declaraciones, como tantas otras realizadas en los últimos tiempos por importantes personajes públicos, han contribuido muy eficazmente a aumentar el alarmismo social en torno a algo que no debería ocupar más espacio que la página de sucesos de los periódicos, al tratarse de un fenómeno marginal y bastante minoritario, además de por ser algo que debería considerarse como de la esfera privada de los individuos y no un circo mediático. Crear todo este alarmismo con la excusa de tratar de solucionar algo tan complejo como esto -tan o más complejo que el suicidio-, es un auténtico ejercicio de futilidad. Es como si se tratara de evitar que la gente se volviera loca mediante el uso de propaganda gubernamental, diciéndoles algo así como: "Por favor, amigos, no os volváis locos".

Hace unos años, cuando aún había un cierto respeto por la dignidad de los individuos, todo esto habría sido impensable o considerado propio de una sociedad infrahumana. Ni los curas se metían tanto en la vida privada de las personas. Y si lo hacían, eran mucho más disimulados y no armaban el mismo escándalo que arman hoy las feministas y los feministos. Aún así, los curas eran vistos con malos ojos por la mayoría de la población precisamente por eso, por meterse en alcobas ajenas a pontificar.

El objetivo de crear alarma social en torno a la violencia intrafamiliar, hablando sólo de aquellos casos en los que las víctimas son mujeres, y pasando por alto todas las causas de lo sucedido (incluso la defensa propia), no es otro que el de moralizar al conjunto de la población masculina a través de la presión social. Al presentarnos la violencia intrafamiliar como un fenómeno causado exclusivamente por los varones, lo que se busca es culpabilizar, avergonzar y, de este modo, convertir al conjunto de la población masculina en sujetos acomplejados y fáciles de manipular. No nos engañemos, el bienestar de las mujeres les importa muy poco a los promotores de este maquiavélico plan; si les importara, no habrían convertido todo este asunto en una paranoia colectiva, pues eso sólo las está neurotizando.

Lo llamativo de este caso es el hecho de que haya sido un policía el elegido como personaje principal para representar toda esta gran farsa mediática.

Que un policía, que además es un personaje público con repercusión mediática, anime tan alegremente a las mujeres (y sólo a las mujeres) a presentar denuncias como si tal cosa, sin pararse si quiera a pensar que éstas podrían actuar, en muchos casos, movidas por otros intereses (conseguir un divorcio express, quedarse con la custodia de los hijos y con parte de los bienes del marido o, sencillamente, por venganza), no es simplemente un inocente y espontáneo acto por parte de un individuo aislado, sino un paso más, perfectamente orquestado por el Estado, en la actual campaña de criminalización e intimidación de la población masculina. La mejor prueba de la existencia de una premeditación gubernamental es que, al tratarse de un miembro de los llamados cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, Saúl Craviotto debería haber sido inmediatamente cesado por su irresponsabilidad, por sembrar alarma social y por lo tanto inseguridad, un cese que no ha sucedido ni sucederá nunca.

La gente no es tonta. No hace falta que salga un madero para decirles que denuncien. Si un madero sale públicamente animando a la gente a que denuncie, concretamente, a que las mujeres denuncien a los hombres a la más mínima sospecha, se da a entender que no habrá consecuencias jurídicas para la delatora, con independencia de que las denuncias pudieran ser consideradas verdaderas o falsas, concediendo impunidad a la maldad de muchas mujeres y aumentando así el nivel de intimidación hacia los hombres.

En cualquier caso, no hay mal que por bien no venga, y el vídeo publicado por Craviotto en su cuenta de twitter nos concede una oportunidad única para analizar las técnicas y los mecanismo de control social de los que se vale el poder en las complejas sociedades del siglo XXI, donde no se duda lo más mínimo en utilizar todos los subterfugios legales posibles para alcanzar un control totalitario de la población (especialmente de la masculina).

La policía, como institución, no puede decir abiertamente, a través de un medio de comunicación de masas, que la gente no dude en denunciar a su vecino a la mínima, pues resultaría demasiado obvio que nos encontramos bajo un sistema policial no muy diferente al estalinismo, y eso pondría a casi todo el mundo en su contra, más, cuando desde todos los sitios se nos repite una y otra vez que el capitalismo es una especie de paraíso de las libertades, donde la invisible mano del mercado actúa como si fuera la Divina Providencia. Por eso necesita actuar con una gran discreción. Y ¿qué es lo que hace? Pues un miembro del cuerpo, relativamente famoso y con cuenta en twitter, pone un mensaje en ese sentido y, posteriormente, los medios de comunicación de masas se hacen eco de él. Nadie puede ser acusado de nada porque nadie es culpable de nada, pero el objetivo se ha conseguido: intimidar al conjunto de la población masculina. Cravitto puede alegar en su defensa que su intención no era que los medios masivos recogieran sus palabras, y la policía, que simplemente se trata de la opinión aislada de un miembro del cuerpo que ha hecho uso de su legítimo derecho a la libertad de expresión, y que por lo tanto, nada tiene que ver con un acto de propaganda policial. Sin embargo, todo esto no es más que un tremendo ejercicio de cinismo, pues un miembro de un cuerpo militar como es la policía no puede actuar como un simple civil, y más, tratándose de un tema tan delicado como éste. Es de sobra sabido que, una vez ingresas en la policía, tus intervenciones públicas quedan supeditadas a la policía; si cada uno fuera a su bola, sería un cachondeo. Todo este modo de proceder tan cínico es muy parecido a lo que Orwell llamaba el doblepensar [1], cuyo objetivo consistía en camuflar todo lo posible un modo de proceder absolutamente totalitario. Por último, siempre nos pueden decir que, al tratarse de una campaña virtual, todo fue absolutamente aséptico: "nadie resultó herido porque nadie fue obligado a nada a punta de pistola"; que la culpa no es de quien habla, sino de quien escucha, por querer escuchar pudiendo no hacerlo: "nadie obliga a la gente a ver la tele o a mirar internet; sólo faltaba que el sacrosanto derecho a la libertad de expresión fuera puesto ahora en duda; lo próximo sería abolir la propiedad privada, y entonces, ya no habría forma legal de amparar este sistema, los amigos del comercio tendrían que inventar otra forma más sutil de seguir esclavizando a la "plebe" sin que se dieran cuenta."

El poder político es por esencia totalitario, necesita someter a los individuos en su totalidad, de un modo integral, desde su nacimiento hasta su muerte, pasando por el resto de las etapas de la vida; y especialmente necesita someter a los hombres, por tratarse del mayor recurso productivo con el que cuenta. Además, al tratarse de un modelo social milenario, que se ha estado retroalimentando a sí mismo durante siglos -de oriente a occidente-, el propio sistema ha entrado en una dinámica totalitaria consigo mismo (en esto consiste la decadencia de la que hablan los historiadores), autorregulándose y perfeccionándose por sí solo. En este sentido, la ideología de género sería sólo una evolución de los antiguos totalitarismos, destinada a sustituir a las religiones antiguas y a las ideologías decimonónicas, que ya estaban muy desgastadas y habían perdido prácticamente toda su influencia.

En el fondo, la ideología de género no es más que una adaptación del viejo sistema moral judeocristiano a los nuevos tiempos. El hecho de que su principal objetivo sea el disciplinamiento de los hombres mediante la satanización de la virilidad y la neurotización de las mujeres en su contra, es la mejor prueba de ello. Igual que el judeocristianismo, busca un control total e integral de los individuos a través de su debilitamiento psíquico (complejos de culpa, represión sexoafectiva, adoctrinamiento, etc.). La actual virulencia de este nuevo sistema moral se debe a que nos encontramos en el período culminante de la transición entre la desaparición definitiva de uno y la implantación del otro. Muchas personas han visto en esta naciente religión una forma de escalar posiciones en la pirámide social, y la competencia es feroz: todo el mundo quiere hacer méritos con el fin de ocupar los mejores puestos, todos quieren ser reconocidos como los mejores representantes de la nueva casta sacerdotal.

Este tipo de voluntad de poder, por ser una voluntad de poder que se afirma en la negación de la vida, acabará por conducir al "generismo" y a todos sus representantes al mismo lugar que a sus predecesores: al vertedero de la historia. Tarde o temprano, la gente, agotada por esta nueva forma de nihilismo [2], acabará igual de harta que lo acabó del cristianismo, y entonces su influencia comenzará a descender, y volverán a rodar cabezas... para dar paso a una nueva forma de totalitarismo... aún más perfecto. 

"Lo torcido no puede enderezarse" (Eclisiastés 1, 15)


Notas:
[1] George Orwell, debido a su condición de corresponsal de la BBC y de colaborador habitual de los servicios secretos británicos, era un gran conocedor de las entrañas del sistema que derrotó primero al nazismo y posteriormente al comunismo, y en su obra "1984" dejó plasmadas algunas de las claves de la superioridad de dicho sistema. El doblepensar sería una de ellas. "Doblepensar significa el poder, la facultad de sostener dos opiniones contradictorias simultáneamente, dos creencias contrarias albergadas a la vez en la mente. (...) El doblepensar está arraigado en el corazón mismo del Ingsoc, ya que el acto esencial del Partido es el empleo del engaño consciente, conservando a la vez la firmeza de propósito que caracteriza a la honradez. Decir mentiras a la vez que se cree firmemente en ellas. (...) El gran éxito del Partido es haber logrado un sistema de pensamiento en que tanto la conciencia como la inconsciencia puedan existir simultáneamente. (...) Si uno ha de gobernar, y seguir gobernando siempre, es imprescindible que desquicie el sentido de la realidad. (...) En nuestra sociedad, aquellos que saben mejor lo que está ocurriendo son a la vez los que están más lejos de ver al mundo como realmente es. En general, a mayor comprensión, mayor autoengaño: los más inteligentes en esto son los menos cuerdos. (...) Estas contradicciones no son accidentales, no resultan de la hipocresía corriente. Son ejercicios de doblepensar. Porque sólo mediante la reconciliación de las contradicciones es posible retener el mando indefinidamente. (...) Si los Altos, como los hemos llamado, han de conservar sus puestos de un modo permanente, será imprescindible que el estado mental predominante sea la locura controlada." (1984, parte II, capítulo IX). En el fondo, George Orwell, con el término doblepensar, sólo estaría describiendo el milenario fariseísmo de las castas sacerdotales judeocristianas, algo identificado por Nietzsche de forma mucho más precisa varias décadas antes: "Ese disimulo de sí mismo, ocultándose detrás de una santidad; ese disimulo, monstruosamente genial, que no se ha alcanzado nunca en otro lugar, ni en los libros ni en los hombres; esa falsificación de palabras y de hechos convertida en arte, no son producto de un don individual, de un temperamento de excepción. Eso es debido a la raza. El arte de mentir santamente, que es tan propio del judaísmo y cuyo aprendizaje es uno de los más difíciles y exige un perfeccionamiento técnico de muchos siglos de duración, ha alcanzado el grado más elevado de perfección en el cristianismo." (El Anticristo, 44). Sería asunto para otra reflexión, pero es muy probable que la propia novela de Orwell fuera también un ejercicio de doblepensar, donde, utilizando el recurso literario de la ciencia-ficción, se tratara de hacer pasar como algo totalmente ajeno a este mundo un sistema que sus contemporáneos tenían justo delante de las narices, igual que hacen hoy quienes utilizan el género de la conspiranoia, cuyas bases sentó en los 70 Robert Anton Wilson (otro colaborador habitual de los servicios secretos anglofilos y apóstol del transhumanismo) en su obra Illuminatus!
[2] Tanto el cristiano como el capitalista o el socialista son expresión de esta voluntad nihilista, de esta voluntad de fin, pues necesitan negar la vida para imponerse; en lugar de dejarse arrastrar por ella, necesitan dominarla. El poeta inglés William Blake llegó a la conclusión de que los que están en la cima del poder son los individuos más débiles y enfermos, los más reprimidos, porque poseen una capacidad de la que no dispone la mayoría: la de negarse a la vida, la de no dejarse arrastrar por las energías vitales. "Los gigantes que dieron a este mundo existencia sensible, y que ahora parecen vivir en él encadenados, son, en verdad, la causa de su vida y la fuente de toda actividad. Mas las cadenas son la astucia de mentes débiles y sumisas que tienen poder suficiente como para resistir la energía. De acuerdo con el proverbio, el débil en coraje es fuerte en astucia." (El matrimonio del cielo y el infierno)

1 comentario:

  1. Crear paranoia con el tema de la violencia de género es un recurso del Estado en general y de la policía en particular para seguir justificando su existencia, al mismo tiempo que un método muy útil para domesticar aún más al macho humano mediante la vieja estrategia de inocular sentimientos de culpa

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