lunes, 12 de febrero de 2018

La demonización de Donald Trump y la lógica del mal menor como estrategia para garantizar la supervivencia del sistema

"Es cierto que siempre hay entre nosotros dos partidos que se combaten con la pluma y con intrigas; pero también es cierto que siempre se unen cuando se trata de tomar las armas para defender la patria y la libertad. Se odian, pero aman al Estado: son amantes celosos que sirven a porfía a la misma querida." (Voltaire, La princesa de Babilonia, cap. VIII)


Preguntes a quien preguntes sobre Donald Trump, lo más probable es que la persona interrogada no tenga una opinión muy favorable sobre el magnate norteamericano -ahora convertido en presidente de los Estados Unidos-. Te invito a que hagas una encuesta sobre Trump entre tus amigos y familiares; comprobarás que sólo con mencionar su nombre, las personas sometidas a tus preguntas entrarán casi instantáneamente en un estado alterado de la conducta, su ceño se fruncirá y comenzarán a proferir todo tipo de exabruptos sobre el personaje en cuestión.

Pero, ¿por qué tanta animadversión hacia este individuo, si la mayoría de las personas que tanto le odian ni siquiera entienden el inglés, apenas saben de política y por supuesto no viven en Estados Unidos, por lo que ni sufren ni sufrirán ninguna de las supuestas medidas adoptadas por Trump en los últimos tiempos?

Desde el momento que Trump anunció su candidatura a la presidencia de Estados Unidos, todos los grandes medios de comunicación de masas -sin excepción y a escala internacional- se han dedicado a tratarle como si fuera el mismísimo diablo. La unanimidad ha sido total en este sentido. Machista, racista, loco, payaso han sido los adjetivos más repetidos en los grandes medios para retratar a este personaje.

Es curioso que los medios de comunicación capitalistas hayan tratado de este modo a alguien que siempre ha sido uno de los suyos, un trato que habitualmente se reservaba para satanizar exclusivamente a los líderes de otras ideologías o países rivales (véase Hugo Chávez, Fidel Castro o Vladimir Putin). ¿Es que de repente a las grandes corporaciones mediáticas capitalistas les ha dado un ataque de honestidad e independencia? O ¿es que quizás las nuevas medidas de Trump podrían perjudicar los multimillonarios intereses de dichas corporaciones mediáticas? Pues ni una cosa ni la otra. Trump no es un enemigo, es un aliado disfrazado de enemigo. Es sólo un recurso más del capitalismo para forzar a que la gente acabe entrando por el aro. Se trata de una nueva bandera falsa.

La demonización que los grandes medios han hecho de Trump -y que Trump, como buen actor que es, ha reforzado con su actitud arrogante y sus controvertidas declaraciones públicas- está siendo de gran utilidad para generar miedo y tensión entre la inmensa mayoría de la población mundial, para que ésta acabe por aceptar como buena la solución del mal menor, es decir, para que la gran mayoría se entregue irracionalmente en brazos de aquellos que tienen el poder y los medios para protegerles: los capitalistas "moderados". En definitiva, todo esto no es más que una nueva versión del viejo juego del "poli bueno y poli malo", empleado toda la vida por la policía  para que acabes entregándoles tu voluntad. Trump y Hillary están en el mismo equipo, el pringado eres tú.

Gracias a Trump, el problema ya no es que los mexicanos (u otros inmigrantes de otras nacionalidades) que entran en los Estados Unidos de Norte América sean explotados en trabajos de mierda, el problema ahora es que estos mexicanos no puedan entrar para ser explotados en trabajos de mierda. Gracias a Trump, la opinión pública mundial está reclamando la entrada masiva de inmigrantes en Estados Unidos y en otros países capitalistas aliados (España entre ellos), pero nunca la mejora de sus condiciones salariales, lo cual precarizará aún más las actuales condiciones de la clase obrera nativa ("si tú no quieres trabajar por el salario mínimo, ya lo hará un inmigrante") y, por consiguiente, mejorará sustancialmente los margenes de beneficios de las grandes compañías capitalistas.

Gracias a Trump, el problema no es que la incorporación masiva de la mujer al mundo laboral haya supuesto un aumento de la competitividad entre los trabajadores, el problema es que no haya más mujeres dispuestas a competir por un puesto de trabajo en el mercado laboral "con el fin de demostrarle a ese cerdo machista que se equivoca", beneficiando con ello, como en el caso anterior, los intereses del capitalismo.

Y así con todo lo demás. El objetivo es provocar una reacción emocional en las masas, nunca racional. Se trata de activar nuestros instintos cainitas, nuestro rencor acumulado y ansia de venganza, de tal modo que nos sea imposible pensar de un modo lógico. En el fondo, se trata de algo muy parecido a lo que se ha hecho toda la vida para que los pobres fueran a matarse por los reyes o los emperadores a las guerras. El argumento es el mismo: "es posible que conmigo estés mal, pero con el otro estás peor. Únete a mí, y estarás mal, pero menos mal que con el otro". Como bien saben los sociólogos, las masas son conservadoras por naturaleza y, ante una situación límite (real o artificialmente creada), aceptarán inconscientemente la solución menos mala que se les proponga.

Mientras se siga teniendo como referencia a los intelectuales universitarios, que no saben ni sabrán jamás lo que es dejarse la piel en una cadena de montaje o encima de un andamio y cuyo principal acto revolucionario consiste en votar cada cuatro años a los pijos de Podemos y participar activamente (o pasivamente) en el día del orgullo gay, el sistema tendrá su continuidad garantizada, podrá seguir tranquilamente tomando el pelo como idiotas a la mayoría.

Además de todo lo dicho anteriormente, esta demonización y persecución absolutamente irracional de la figura de Trump brinda al sistema una oportunidad inmejorable para reforzar los argumentos de los neoliberales más recalcitrantes en favor del capitalismo.

Al presentar a Trump, a todo lo que el representa (el capitalismo más descarnado) y a sus defensores como víctimas de un totalitarismo fanático de corte socialista, los liberales ya no necesitan justificar nada mediante argumentos racionales; la explotación del hombre por el hombre y la deshumanización que ello conlleva deja de ser tema de debate, aprovecharse de la estupidez y de las debilidades humanas de tus semejantes para ponerlos a tu servicio pasa ser algo incuestionable, pues al ser ahora los liberales las víctimas de la irracionalidad izquierdista, eso mismo les basta y les sobra para justificarse y autoproclamarse como los nuevos paladines de la razón. Nuevamente nos encontramos ante un razonamiento irracional, aunque igualmente efectivo.

Todo esto no es más que una estrategia habitual de la ideología de la clase dominante para seguir siéndolo: travestirse de disidencia a través de la demagogia (aquí un ejemplo y aquí otro), una estrategia que es muy difícil de ser derrotada debido a su alto grado de inconsciencia. Y es que nunca conocerás a nadie que piense de sí mismo que es una mala persona (o más mala que los demás); la hipocresía es siempre la clave para garantizar la estabilidad emocional de una persona dominada por la avaricia. Se trata del viejo fariseísmo de toda la vida: "los otros son más malos y más tontos que yo, y eso me da derecho a dominarles. Lo que hago lo hago porque si les dejara a ellos, todo seria un caos, no por las ganancias que ello me proporciona, las cuales me las merezco por la gran labor que realizo".

Anexo: Capitalismo explicado para idiotas (lectura especialmente recomendada para jóvenes emprendedores)

El objetivo del capitalismo no es el de crear puestos de trabajo con el fin de mejorar la calidad de vida de las personas empleadas; el objetivo del capitalismo es el de crear puestos de trabajo con el fin de que las personas empleadas sometan sus vidas a sus empleadores. El capitalismo no persigue fines filantrópicos, sino el sometimiento de la mayoría a los caprichos de una minoría. Esto hace del capitalismo una ideología ideal para la supervivencia de la autoridad del Estado. Igual que antiguamente los reyes eran los representantes de Dios en la tierra, y el Estado el encargado de administrar su voluntad, hoy el capitalismo es de la misma utilidad al Estado que en su día la religión: ordenar el caos. El capitalismo, igual que la religión, es una mera utopía, y los capitalistas (con su plusvalía), igual que los curas (con su diezmo), no habrían sobrevivido a la ira de las masas oprimidas si no fuera por la defensa que el Estado hizo y hace de unos y de otros a través de todos sus aparatos ideológicos (escuela, prensa...) y represivos (policía, ejército...). En las sociedades agnósticas y científicas en las que hoy vivimos, Dios ha sido sustituido por el capital para que el Estado pueda seguir cumpliendo la misma función: esclavizar a la mayoría.

Repito, el capitalismo funciona gracias a la sacralización cultural que nuestra sociedad ha hecho de la explotación del hombre por el hombre y, especialmente, gracias a la defensa armada que el Estado hace de esta nueva forma de religión. Si el capitalismo no hubiera sido de utilidad al Estado como método de esclavización, hace tiempo que habría desaparecido.